
Feliciano Centurión: hacer del afecto una obra
Por Gustavo Bruzzone
El “Chano” llegó a Buenos Aires desde Paraguay repleto de ilusiones y encontró en la escena artística de fines de los años ochenta y comienzos de los noventa un territorio donde convertir en obra materiales domésticos y próximos al cuerpo: frazadas, mantas, almohadas,tejidos y bordados. Allí donde tradicionalmente se
esperaba el lienzo, Centurión colocó aquello que abriga.
Una frazada no es una superficie neutra. Trae consigo la cama, la casa, el calor, la infancia y la intimidad. En Centurión, esos objetos conservan también la memoria de una cultura material latinoamericana, popular y doméstica, profundamente vinculada con su origen paraguayo.
Paraguay nunca quedó atrás. Centurión mantuvo vivo el vínculo con su país y con sus artistas contemporáneos, a quienes acompañó y ayudó desde Buenos Aires. Ese gesto de sostener a otros parece prolongar, fuera de la obra, algo esencial de su propia poética: el afecto entendido como cuidado.
Su aparición en la Galería del Centro Cultural Rojas, bajo la mirada curatorial de Jorge Gumier Maier, lo situó dentro de una experiencia decisiva del arte argentino de los años noventa. Compartió con otros artistas de esa escena la reivindicación de materiales considerados menores, de lo artesanal y de lo decorativo, pero construyó
con ellos un lenguaje absolutamente propio.
Con el avance de su enfermedad, el bordado y la palabra adquirieron una presencia cada vez mayor. Frente a la fragilidad del cuerpo, Centurión no eligió la monumentalidad ni el dramatismo: eligió el hilo, la tela, la palabra y el gesto paciente de bordar. Eligió incluso telas descartadas y hasta manchadas para reconvertirlas con esa belleza que le salía de las tripas sabiéndose enfermo. En su obra, el afecto no es solamente un tema representado: es una forma de hacer arte.
Por eso su obra parece haber crecido con el tiempo. Centurión comprendió que una frazada podía contener un mundo y que una obra no necesitaba levantar la voz para hablar de las cuestiones más grandes.
Ante la fragilidad del cuerpo, Feliciano Centurión respondió construyendo pequeños lugares de abrigo. Y acaso por eso, tantos años después de su muerte, sus obras siguen produciendo una sensación difícil de olvidar: parecen objetos que alguien hizo para cuidar a otro.