FELICIANO CENTURIÓN

La poética de lo cotidiano: Memorias textiles y afectivas de Feliciano Centurión

Por Marcos Benítez

Paso más allá de mis temores y limitaciones: creo mi propia. Esta frase, impresa en una postal de 1995 de aquel restorán macrobiótico donde almorzábamos en Buenos Aires, definía a Feliciano Centurión. Llegó dentro de un sobre de papel manila decorado con nubes y una hermosa carta en papel naranja. Para Feliciano, la correspondencia era un rito amoroso: escribía con dibujos y colores, convirtiendo
cada carta en una extensión de su obra para mantener vivos sus afectos y su vínculo con Paraguay. En esa ocasión, sabiendo que yo pasaba una crisis sentimental, me ofreció su casa y su taller. Aunque nos llevábamos diez años, la sintonía era total. No haber ido es uno de mis grandes arrepentimientos, pero me queda el recuerdo de su inmensa generosidad.

Muchos teóricos analizarán su obra desde lo teórico y académico, pero para entender a Feliciano hay que descender a lo cotidiano. Su arte nacía del compartir. Ambos estábamos muy interesados en la alimentación; él cocinaba de maravilla y fue quien me presentó la bardana, una raíz cuyo sabor me lo trae de vuelta cada vez que la preparo. Había una coherencia absoluta entre su forma de vivir y su arte. Esa fusión me conmovió profundamente hace poco al ver la portada de su último libro publicado en Nueva York: la obra reproducida estaba pintada sobre la misma colcha
acolchada con la que yo me abrigaba cuando me hospedaba en su departamento. Su trabajo textil cobra sentido desde ahí: desde el abrigo, la comida y el cuidado mutuo.

Esta íntima relación entre afecto y materia se selló el día en que me mostró que empezaba a trabajar con textiles pequeños. Decidí juntar los retazos gastados de mi casa y le entregué una muy importante para mí: un gran mantel bordado por mi madre, hecho de individuales unidos con encaje ju, cada uno con una rosa roja. Feliciano lo recibió como un cofre de memorias. Desarmó el mantel con cuidado, separó las randas, rodeó cada rosa con un listón rojo y les bordó frases.

De esa alquimia nació una de sus series más potentes: Las flores del mal de amor. Lo que comenzó como el abrigo de una mesa familiar, es hoy parte del acervo del MALBA. Esto me confirma que el arte de Feliciano nunca fue un simulacro; él tejía redes humanas, transmutando el sufrimiento en belleza y el desecho doméstico en un refugio eterno. En esa ternura radica su genialidad más radical.